
SAN PEDRO DEL YKUAMANDIJU (Reflexión, por Carlos Roa) Se cuenta que, en una ocasión, Alejandro Magno —el conquistador más grande de la historia— se topó con una escena inesperada: Diógenes el Cínico hurgaba entre una pila de huesos humanos.
Intrigado y quizás molesto por la irreverencia del filósofo, Alejandro le preguntó: — “¿Qué estás haciendo?”
Diógenes, sin soltar una de las calaveras que examinaba, respondió con una verdad que atravesó los siglos: — “Estoy buscando los huesos de tu padre, pero no puedo distinguirlos de los huesos de su esclavo.”
La respuesta fue un golpe directo al corazón del poder. En pocas palabras, Diógenes recordó al hombre que dominaba el mundo que, ante la muerte, todos somos iguales.
La enseñanza que perdura
- La muerte como igualador universal: los títulos y riquezas se desvanecen, los huesos no distinguen jerarquías.
- La humildad del poder: ni el imperio más vasto puede escapar al destino común.
- La esencia sobre la apariencia: lo que queda de nosotros no es lo que tuvimos, sino lo que fuimos.
En un mundo obsesionado con el estatus y las apariencias, la pregunta de Diógenes sigue vigente: ¿Qué estamos construyendo que realmente trascienda?
