
SANTA ROSA DEL AGUARAY (Reflexión por Esteban Roa) Cuidado con ese mal que no se ve, pero se siente en la forma de hablar, en la mirada que juzga, en el corazón que deja de escuchar. No es la falta de talento lo que derrumba, sino el ego creciendo sin control, inflando silencios y apagando lo mejor del alma.
La soberbia es ese falso trono donde uno se cree más alto, olvidando que todos, sin excepción, necesitamos del otro para no caer. La arrogancia es la voz que dice “yo sé”, “yo valgo más”, mientras cierra puertas que solo la humildad puede abrir. La prepotencia no es fuerza, es miedo disfrazado: aplasta para no sentirse pequeño, pero su poder vacío no construye nada.
La obstinación, por su parte, es terquedad que no escucha, orgullo que no aprende, ojos cerrados frente a la verdad. Y lo más peligroso es no darse cuenta: creerse invencible mientras todo alrededor empieza a romperse.
Porque la soberbia aísla, la arrogancia enceguece, la prepotencia vacía y la obstinación termina hundiendo. En cambio, la humildad no te hace menos: te hace consciente, te hace humano, te hace grande de verdad.
Al final, no cae quien menos tiene, sino quien olvida quién es y se cree intocable.
