
SANTA ROSA DEL AGUARAY (Reflexión por Carlos Roa) Irse también es una forma de hablar, pero la mayoría no sabe hacerlo. Se van rompiendo, señalando, dejando ruido detrás, como si el daño justificara el desorden. Y en ese intento de cerrar algo, terminan mostrando más de lo que son que de lo que sienten. No todo final necesita violencia. No todo adiós tiene que ser una escena.
A veces, la verdadera madurez está en saber retirarse sin convertir el cierre en un espectáculo. Porque irse mal no habla de lo vivido, habla de la falta de control sobre uno mismo. Hay quienes, al irse, buscan herir para no sentirse heridos. Necesitan dejar una última marca, una última palabra, como si así recuperaran algo de poder. Pero eso no es fuerza, es incapacidad de sostener el silencio cuando más duele.
La elegancia no está en cómo empiezas, sino en cómo terminas. Cualquiera puede llegar con intención, con interés o incluso con cariño. Pero pocos saben irse sin ensuciar lo que un día dijeron valorar. Y ahí es donde realmente se ve el carácter. Hablar mal después de irte es la forma más barata de justificar tu salida. Es intentar reescribir la historia para no asumir lo que también fue tu responsabilidad. Pero quien necesita desacreditar lo que dejó, nunca estuvo realmente a la altura de ello.
No todo merece una despedida larga, pero todo merece respeto. Incluso lo que no funcionó. Porque lo que fue importante no se convierte en basura solo porque terminó. Y tratarlo así dice más de ti que de lo que ocurrió. Al final, no es cómo entraste en la vida de alguien lo que permanece, sino cómo decidiste salir. Porque irse con clase no es un gesto hacia el otro, es una declaración sobre quién eres cuando ya no hay nada que ganar.
